Si nos referimos a las raras publicaciones sobre el tema, parece que sería al santo Vicente Ferrer, nacido en Valencia en 1350, a quien debemos los orígenes de la procesión del Viernes Santo, conocida generalmente como “Procesión de la Sanch”.

Este gran dominico fue, a imitación de Jesús, acompañado por miles de fieles en sus peregrinaciones a través del mundo latino. Por donde pasaba el santo se formaban inmensas procesiones adonde todos los penitentes llevaban, según la costumbre de la época, según la costumbre de la época, un traje de color oscuro, signo de penitencia y humildad. La marcha estava señalizada con estandartes donde había pintados los instrumentos de la Pasión así como sus principales etapas. La procesión era encabezada por un personaje vestido de rojo, portador de una campana de hierro.

Es este mismo caparutxa (penitente) rojo, el director que, hoy, marca el ritmo al son de la campana, la trágica y lenta comitiva de la Sanch en el laberinto de las calles antiguas de Perpiñán. 

De hecho fue el 11 de octubre de 1426 cuando, a imagen de ciertas ciudades españolas donde subsisten algunas cofradías de penitentes como en Sevilla, cuando Perpiñán, en la iglesia de Santiago, funda la archicofradía de la Sanch (sangre). Esta se fijó, entre otros objetivos, la ayuda a los prisioneros condenados a muerte, acompañados al lugar del suplicio por los cofrades de la Sanch en el lúgubre canto del “miserere de los colgados”.

De 1777 a 1949, la antigua procesión que hasta entonces se había representado por la noche en las calles de la ciudad (tal como todavía hoy se hace en Cotlliure y Arles de Tec), fue recluida en la estrecha iglesia de Santiago.

No fue hasta 1950 cuando, retomando una tradición secular, volvió a cruzar toda la ciudad. 

Pero más allá de la larga y trágica comitiva de los penitentes negros, según el lúgubre ritmo de los tambores con velos negros, lo que hace realmente espectacular y preciosa la procesión de la Sanch son dos elementos estrechamente ligados: los misterios y los gozos.

Los misterios son representaciones a escala real de las diferentes escenas de la Pasión. Si bien la Iglesia del siglo XX ya no organiza esta procesión, es de la fresca penumbra de las capillas del Rosellón de donde vienen los Cristos con trajes de puntilla, con cara pálida bajo la larga cabellera, las madonas llorosas dentro de sus velos de luto, con el corazón atravesado por las siete espadas simbólicas del Gólgota.

El Cristo que lleva su cruz y el Cristo clavado en ésta acaban el largo desfile de este colorista fresco, de un realismo sorprendente. La joya de la procesión es sin duda el Cristo Devoto sobre su cama de gala, ante la catedral.

Los gozos resuenan des de la mañana, mientras en todas partes la floración coloreada de los monumentos explota y los balcones se tiñen con colgantes tornasolados. Estos cantos tradicionales que, antes del siglo XV, habían estado ligados sobre todo a los gozos de María, se convirtieron curiosamente, desde el siglo XV, en cánticos llenos de tristeza, resiguiendo los sufrimientos de María durante el calvario.

También ellos, mezclados con los redobles de los tambores, acompañarán toda la comitiva de esta procesión de la Sanch que continua siendo uno de los acontecimientos roselloneses más emotivos y espectaculares, donde lo profano y lo sagrado se mezclan sin parar.

Actualizado : Martes 17 Marzo 2015 - 14:06